Un coche sin frenos

Una de las definiciones más sencillas de ‘meditación’ es ‘el uso correcto de la mente’. Su propósito inicial no es negar nuestros pensamientos, sino tomar consciencia de nuestra mente, lograr dominar la actividad mental y generar la más alta calidad de pensamientos. Con el tiempo y la práctica, podremos disminuir la velocidad de los pensamientos e ingresar en el espacio interior de nuestra propia consciencia, donde no hay pensamiento consciente, sólo silencio. Sin embargo, inicialmente esta necesidad no tiene que ser nuestro propósito. Estamos más acostumbrados a los pensamientos rápidos y a menudo frenéticos. Tratar de detener los pensamientos sería como clavar los frenos en un auto que corre a ciento veinte kilómetros por hora. Debemos ser pacientes con nosotros mismos y darnos tiempo y espacio para desacelear nuestro ritmo interior natural.

Mike George | A la Luz de la Meditación

Un día completo

En lo que respecta a nuestra propia experiencia, sabemos muy bien que el tiempo de una vida está dividido en días. Cada día está separado del otro por un período de sueño, un rompimiento de inconsciencia que tiene el efecto de cerrar para nosotros una unidad de tiempo, brindándonos cada mañana un fresco comenzar. Un día es, en una escala determinada, algo completo en sí mismo, que contiene un ciclo completo de digestión, una alternancia completa de sueño y vigilia y una secuencia de experiencia que puede mentalmente revisársela y pensársela como un todo. Hay alrededor de 28,000 días en la vida completa de 75 a 80 años de un hombre.

Rodney Collin en El Desarrollo De La Luz

Un dilema moral

Imagina dos amigos, Pedro y Juan, que se van a ver un partido de fútbol y tomar unas cervezas; ambos beben el mismo número de cervezas y sufren una intoxicación etílica con niveles de alcoholemia igualmente elevados. Ambos deciden coger el coche para volver a casa y ambos se duermen al volante, pierden el control del coche y se salen de la carretera. Pedro se sale de la carretera y se golpea contra un árbol. Juan se sale de la carretera, atropella a una chica que iba por la acera y la mata. ¿Debería la diferencia accidental de que en un caso uno se encuentre con un árbol y otro con una chica hacer que la valoración moral sea diferente?

Pablo Malo

Un edificio que navega

Lo primero que hizo Eero Saarinen, arquitecto norteamericano de evidente origen finés e hijo de Eliel Saarinen (autor de la muy Gothamesca Estación Central de Helsinki) cuando entró en el jurado del concurso para el edificio de la Ópera de Sídney, fue revisar los planos que habían sido descartados en la ronda preliminar, en la cual no había estado presente.

Eran unas velas al viento sobre un podio masivo que contenía el suelo inclinado de los auditorios. Y eran una imagen y un símbolo. Un icono. Era 1957. Saarinen recogió el croquis y los demás planos que conformaban la propuesta de Utzon, se acercó al resto de miembros del jurado y, enseñándoselos les dijo: “Caballeros, este es el primer premio”. Un arquitecto danés de 38 años y prácticamente desconocido acababa de ganar 5.000 libras australianas y la oportunidad de construir algo que nunca se había hecho. Y que no podía hacerse. Pedro Torrijos

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