Vacíos

La cosa ya la pronosticó el sociólogo Gilles Lipovetski hace más de 30 años en La era del vacío. Describió al humano postmoderno: individualista y enfocado en construirse una identidad como quien diseña su propio surtido de bolsas de té; una especie que confunde la voluntad con la consumación y los deseos con los derechos; un hijo, en suma, del marketing. Poder ser cualquier cosa significa que lo que eres en cada momento carece de un cimiento creíble. Ahí, creo yo -especular es gratis-, encontramos la ansiedad primigenia donde crece el atrancamiento. Hablo de un temor sembrado por el capitalismo y el consumismo, pero que, paradójicamente, causa más destrozos a la izquierda.

Esteban Ordóñez

Vaivenes

Ése es en España el paradójico, amargo signo político de la derecha. Reclamada periódicamente para enderezar el caos económico al que suele conducir el alegre derroche de la izquierda, acaba expulsada al cabo de un tiempo entre ingratos reproches a su rigor contable y a su metodología austera. Por eso los gobiernos conservadores o liberales constituyen un paréntesis recurrente entre dos períodos de gasto a mano abierta. Cierto es que el marianismo hubiese durado algo más de no haber permitido que un hatajo de corruptos saquease a su gusto la despensa. Pero al final, el liberalismo español no es más que un elemento esporádico de corrección de los desajustes que la socialdemocracia tiende a introducir en el sistema. Una especie de jardinero contratado por horas para cortar las malas hierbas de la parcela.

Ignacio Camacho

Vaivenes

Ése es en España el paradójico, amargo signo político de la derecha. Reclamada periódicamente para enderezar el caos económico al que suele conducir el alegre derroche de la izquierda, acaba expulsada al cabo de un tiempo entre ingratos reproches a su rigor contable y a su metodología austera. Por eso los gobiernos conservadores o liberales constituyen un paréntesis recurrente entre dos períodos de gasto a mano abierta. Cierto es que el marianismo hubiese durado algo más de no haber permitido que un hatajo de corruptos saquease a su gusto la despensa. Pero al final, el liberalismo español no es más que un elemento esporádico de corrección de los desajustes que la socialdemocracia tiende a introducir en el sistema. Una especie de jardinero contratado por horas para cortar las malas hierbas de la parcela.

Ignacio Camacho

Vaivenes

Niagara Falls, OntarioÉse es en España el paradójico, amargo signo político de la derecha. Reclamada periódicamente para enderezar el caos económico al que suele conducir el alegre derroche de la izquierda, acaba expulsada al cabo de un tiempo entre ingratos reproches a su rigor contable y a su metodología austera. Por eso los gobiernos conservadores o liberales constituyen un paréntesis recurrente entre dos períodos de gasto a mano abierta. Cierto es que el marianismo hubiese durado algo más de no haber permitido que un hatajo de corruptos saquease a su gusto la despensa. Pero al final, el liberalismo español no es más que un elemento esporádico de corrección de los desajustes que la socialdemocracia tiende a introducir en el sistema. Una especie de jardinero contratado por horas para cortar las malas hierbas de la parcela.

Ignacio Camacho

Valores clásicos

Los hippies se oponían a muchos rasgos culturales, que a nosotros tampoco nos gustaban en absoluto. Para distinguirse de los ejecutivos con su pelo corto y sus trajes de tergal, se dejaban crecer la cabellera, usaban ropa pintoresca y personal, sin desinfectantes ni desodorantes, muchos de ellos eran vegetarianos, y muchos practicaban el yoga o alguna otra forma de meditación. A menudo fabricaban su propio pan o practicaban la artesanía. La sociedad convencional les calificaba de «sucios hippies», pero ellos hablaban de sí mismos como «gente hermosa». Insatisfechos con un sistema de educación diseñado para formar una juventud para una sociedad que rechazaban, muchos hippies abandonaron la escuela, a pesar de que con frecuencia tenían mucho talento. Dicha subcultura era muy identificable y se mantenía muy unida. Tenía sus propios ritos, su música, su poesía y su literatura, una fascinación general por la espiritualidad y lo oculto, y una visión compartida de una sociedad pacífica y hermosa. La música rock y las drogas psicolélicas fueron poderosos vínculos que influyeron enormemente en el estilo de vida y en el arte de la cultura hippy.

Mientras proseguía con mi investigación en Santa Cruz, participé en la contracultura tanto como mis obligaciones académicas me lo permitieron, convirtiendo mi vida en algo un tanto esquizofrénico, consagrada la mitad del tiempo a mi investigación posdoctoral y la otra mitad a la vida hippy. Muy pocos de los que me recogieron cuando hacia autostop con la mochila al hombro sospechaban que fuese profesor, y aún menos, que acabara de cumplir los treinta años y por consiguiente, según el el célebre adagio hippy, no inspiraba confianza. Durante los años 1969 y 1970 experimenté todas las facetas de la contracultura: los festivales de rock, los psicodélicos, la nueva libertad sexual, la vida comunitaria y muchos días en la carretera. viajar era fácil en aquella época. Lo único que había que hacer era extender el pulgar para que se detuviera un coche sin problema alguno. Una vez a bordo, le solían preguntar a uno por su signo astrólogico, le invitaban a compartir un «porro» y se escuchaba la música de Grateful Dead o se entablaba una conversación sobre Hermann Hesse, el I Ching, o algún otro tema esotérico.

Los sesenta me brindaron sin duda las experiencias personales más profundas y radicales de mi vida: el rechazo de los valores «clásicos» convencionales; la libertad del desnudo colectivo; la expansión de la conciencia a través de productos psicodélicos y de la meditación; el retozo y la atención al «aquí y ahora». Todo ello producía una sensación permanente de magia, asombro y admiración, que para mí estará siempre vinculada a los sesenta.

Frijof Capra en Sabiduría Insólita (Editorial Kairós) [Google Books]


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