Complejidad

La política moderna vive sobre la ficción de negar que existan asuntos complicados. Nuestros líderes fingen tener la solución a todos los problemas e ignoran la discrepancia legítima. Nos intentan convencer de que en todo debate —desde la política nuclear, al sistema educativo o la legislación laboral— existe solo una posición correcta y además evidente. Esa idea es absolutamente nociva: si asumimos que quienes discrepan lo hacen siempre por motivos egoístas, y no porque tengan una opinión distinta o unas preferencias diferentes, estaremos destruyendo el valor del debate argumentativo y convirtiendo toda discrepancia en un duelo ridículo entre buenos y malos.

Kimo Llaneras

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