Emociones y civilizaciones

La tesis del libro de Ruth Benedict es bien conocida. Por contraposición a las culturas de la culpa (guilty cultures) de nuestras sociedades, en los que la culpabilidad se redime con la confesión y el marcador se pone de nuevo a cero, Japón pertenecería a la cultura de la vergüenza (shame culture) que supone, además de mortificación propia, crítica y sanción externas, y requiere un público acusador, al menos un público imaginado. Todo ello da lugar a un sistema de normas y obligaciones [el on, el giri, el gimu, etc. de cuyas diferencias Benedict da cuenta minuciosamente incluso con una esquema] que establecen un orden jerárquico en el que “cada cual ocupa su lugar”, según generación, sexo o edad, y todos confían en este orden. Lo que explica “el dilema de la virtud”, que la vida o el comportamiento total de una persona estén parcelados, en los distintos círculos de las obligaciones y de sus recíprocos, las devoluciones de las deudas, o los deberes contraídos. Lo que estaría en parte en relación con la dualidad del carácter japonés, a la vez agresivo y pacífico, insolente y cortés, desidioso y esforzado, leal y traicionero, rígido y adaptable, dualidad de la que parte el libro y que constituye, para la autora, el enigma japonés. Tanto la espada como el crisantemo forman parte de la imagen.

Contado de esta forma puede resultar una caricatura, pero, créanme quiénes no hayan leído a Benedict, es un libro no solo muy sugerente, sino también generoso y tolerante, aunque después se le haya negado el pan y la sal. A mí, una vez reposada la lectura y vuelta a mi ser geográfico, se me hizo evidente el ultraculturalismo de una obra que ve patterns por todas partes y trata de unas células culturales intemporales lo que da lugar a una expulsión de la historia y del espacio y a que se prescinda de la economía y de la complejidad social. Una misma tribu, en un espacio banal, una memoria intemporal, una sociedad sin clases. Pronto señalaron los antropólogos que la autora había utilizado técnicas aptas para pequeñas sociedades y poblaciones relativamente indiferenciadas para su estudio de la compleja sociedad japonesa. Desde Japón y antes de que el libro se tradujera al japonés, Kazuko Tsurumi le reprochó a Benedict haber tomado una cultura de clase por la cultura de todo un pueblo, un momento excepcional en la historia del país por una norma permanente de comportamiento social, sin atender a los procesos sociales del cambio del feudalismo al capitalismo.

Josefina Gómez Mendoza

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