Estímulos

Una vez admitida por el severo guardia de seguridad, me prendí el pase de visitante y me dirigí hacia un ascensor metálico que me condujo al tercer piso. Según me internaba por un penumbroso y atestado pasillo entre paredes de cajones, el rumor de los turistas que contemplaban el gran elefante disecado, varios pisos más abajo, se fue desvaneciendo. Empecé a sentir claustrofobia. Recordé cómo, después de ocho horas de clase en aquel lugar, terminaba anhelando tanto cualquier estímulo sensorial que, cuando podía escapar al final del día, las aceras llenas de gente me parecían de lo más agradable, y el ruido del tráfico me resultaba un alivio.

Patricia Cornwell | La Jota de Corazones

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