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Hormigas

Los turistas somos como hormigas. Tener una en la cocina ya es un síntoma. Cuando hay centenares, es un problema.

Cuenta Iñigo Domínguez en El País | ¿Qué hacemos con los turistas? como hemos convertido los parajes turísticos en centros comerciales.

Es asombrosa nuestra capacidad gregaria. Nos gusta hacer lo que los demás hacen. Casi nos deprimimos si no vamos a ‘disfrutar’ de las vacaciones a un mugriento chiringuito de playa, con paellas recalentadas, moscas insidiosas y ruido pachanguero de fondo. O si el médico nos ha prohibido tomar el sol, encerrados en un autobús con otras sesenta personas, para ver el paisaje urbano o campestre desde un cómodo asiento casi televisivo, mientras pasan las horas y los escenarios en un sin cesar que impide paladearlos.

Ni siquiera sabemos por qué lo hacemos, ya sea la imitación, el estatus o el aburrimiento, salvo por las fotos que tienen un cierto sentido si son discretas y casi misteriosas pues nos permiten recordar lo que no contemplamos mientras estábamos allí. Si no lo son, parecen un impuesto más.

No vamos nosotros en el viaje sino una especie de clon interpersonal creado para la ocasión. Es un tipo casi indiferente a un equipaje demasiado pesado y voluminoso, sumido en la depresión más profunda y camuflada en una resistencia que ya querría un soldado.

Y no es precisamente la guerra, sino la economía, el problema. A medida que se suman euros y kilómetros, cafés y tapas, se observa peligrosamente la sequía bancaria, con cálculos y estimaciones sobre el número de días que quedan y la depreciación de la moneda en una inflación galopante que lleva a pensar en términos macroeconómicos.

Términos que suponen que ver un par de cuadros casi cuesta más que comprarlos. Que esa camisa de oferta sale tres veces más cara que la que está a tres minutos de tu casa, teniendo en cuenta que has visitado ocho tiendas en los últimos cinco días y que has terminado comprando ante el agobio de volver sin nada del lugar.

Salvo, claro, la comida que has tomado apresuradamente entre museo y autobús. Comida que o se parece sospechosamente a la que tomarías en un bar de carretera o es similar a la que tomaste en tus últimas vacaciones.
Lleno el buche de recuerdos y el cerebro de comida vuelves a casa tan cansado que optas por la verdad absoluta.

—¿Qué tal las vacaciones?

—¡Cortas!

Un eufemismo que tu interlocutor conoce perfectamente mientras se vuelve creyente después de siglos y espera que no dispares la ametralladora de videos 4K de tu móvil. La fe es lo último que se pierde.

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