Un edificio que navega

Lo primero que hizo Eero Saarinen, arquitecto norteamericano de evidente origen finés e hijo de Eliel Saarinen (autor de la muy Gothamesca Estación Central de Helsinki) cuando entró en el jurado del concurso para el edificio de la Ópera de Sídney, fue revisar los planos que habían sido descartados en la ronda preliminar, en la cual no había estado presente.

Eran unas velas al viento sobre un podio masivo que contenía el suelo inclinado de los auditorios. Y eran una imagen y un símbolo. Un icono. Era 1957. Saarinen recogió el croquis y los demás planos que conformaban la propuesta de Utzon, se acercó al resto de miembros del jurado y, enseñándoselos les dijo: “Caballeros, este es el primer premio”. Un arquitecto danés de 38 años y prácticamente desconocido acababa de ganar 5.000 libras australianas y la oportunidad de construir algo que nunca se había hecho. Y que no podía hacerse. Pedro Torrijos

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